Obras del pintor boliviano Alejandro Mario Yllanes conquistan museos
El legado del artista orureño, olvidado durante décadas, vive un inesperado renacimiento internacional con cotizaciones millonarias y presencia en importantes museos.
El arte de Alejandro Mario Yllanes, pintor boliviano cuya trayectoria quedó relegada al olvido durante décadas, vive un inesperado renacimiento en el mercado internacional y en las colecciones de importantes museos. Sus obras, marcadas por la reivindicación de los pueblos indígenas y la denuncia de las desigualdades sociales, despiertan hoy el interés de instituciones de Estados Unidos y América Latina, mientras su historia personal continúa rodeada de interrogantes.
Una investigación publicada el pasado 23 de septiembre por el diario estadounidense The New York Times, firmada por la periodista Victoria Burnett, reconstruye la vida del artista, su reconocimiento en los círculos culturales de mediados del siglo XX, su desaparición de la escena pública y las circunstancias poco claras en las que parte de su producción permaneció almacenada durante años en Nueva York.
El renovado interés por Yllanes se refleja en el valor de sus pinturas, que, según los galeristas Rachel y Ben Elwes, propietarios de Ben Elwes Fine Art, en Londres, se han vendido por precios que oscilan entre los 400.000 y los 1,9 millones de dólares.
• De Oruro a los círculos artísticos internacionales
Nacido en Oruro en 1913, en una familia aymara, Yllanes quedó huérfano a los 18 años. Trabajó en una mina de estaño y abandonó sus estudios de Derecho para dedicarse a la pintura, una decisión que marcaría una trayectoria artística vinculada a las luchas sociales y a la representación de las comunidades indígenas.
Entre 1933 y 1935 realizó 18 murales de gran formato en la Escuela-Ayllu de Warisata, en los que representó el trabajo indígena y las condiciones de vida de los sectores históricamente marginados. Su producción cuestionó la explotación y las desigualdades sociales, una postura que le ocasionó persecuciones políticas, incluido el destierro a la Amazonía y un breve encarcelamiento en 1941.
En 1946, el muralista mexicano Diego Rivera se refirió a una de las exposiciones de Yllanes en Ciudad de México y destacó el carácter revolucionario de su propuesta artística.
Un año después, el pintor se trasladó a Nueva York junto con su esposa. En 1948 obtuvo una beca Guggenheim de 2.500 dólares para investigar las culturas indígenas americanas y continuar sus estudios de pintura.
Sin embargo, después de establecerse en Estados Unidos, su rastro se volvió cada vez más difuso. Yllanes desapareció de la vida pública y dejó pinturas, grabados y documentos en un apartamento de Manhattan y otros espacios. Durante décadas circularon versiones sobre una posible muerte en Bolivia o México, pero los documentos revisados por The New York Times apuntan a que pudo haber fallecido en Nueva York.
• Su legado es redescubierto por los museos
El regreso de Yllanes al panorama artístico internacional comenzó a tomar fuerza en 2023, cuando los galeristas Rachel y Ben Elwes presentaron su obra en Londres. Los dos conocieron al artista a través del coleccionista francés David Le Louarn, quien había adquirido a comienzos de los años 2000 un conjunto de piezas procedentes de Manhattan.
“Este era claramente un legado que había sido pasado por alto”, afirmó Rachel Elwes al diario estadounidense.
La exposición despertó el interés de investigadores, coleccionistas e instituciones culturales. Desde entonces, distintos museos han incorporado obras del artista a sus colecciones, entre ellos el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el Centro de Arte Frances Lehman Loeb de Vassar College, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y el Museo de Arte de Bowdoin College, en Maine.
Uno de los hitos recientes es la adquisición de Lago Titicaca, un óleo sobre arpillera de 1935 que representa a un barquero andino sobre una embarcación de juncos, rodeada de aguas y montañas azules.
Adam M. Levine, director del Museo de Arte de Toledo, en Ohio, relató que desconocía la existencia de Yllanes hasta que vio la pintura en una galería londinense el año pasado.
“Es poderosa. Está pintada con gran belleza”, afirmó Levine, quien explicó que la institución adquirió la obra en mayo para exhibirla en el centro de su colección, cuya reapertura está prevista para el próximo año, tras una importante renovación. La pintura compartirá espacio con obras de artistas como Peter Paul Rubens, Mark Rothko y Hale Woodruff.
Para Michele Greet, profesora de Historia del Arte en la Universidad George Mason y especialista en arte indígena latinoamericano, el redescubrimiento constituye un aporte significativo para comprender el movimiento del indigenismo, que reivindicó a los pueblos originarios y sus culturas en América Latina.
“Básicamente, pone a Bolivia en el mapa como parte de esta idea más amplia”, señaló Greet, quien también desconocía la trayectoria de Yllanes antes de ser contratada para investigar su obra.
Por su parte, Eduardo Costantini, fundador del Malba, sostuvo que las pinturas del boliviano podrían exhibirse junto a las de los grandes maestros del arte latinoamericano. En 2024, el coleccionista adquirió Tragedia del Pongo (1932), una obra que retrata y denuncia la opresión, el abuso político y la explotación feudal de los pueblos indígenas y los “pongos”.
• El misterio detrás de las obras de Manhattan
Según la investigación periodística, el conjunto de obras habría pasado a manos de Edward Ford, un policía, y de su esposa, Teresa, en 1978. Durante aproximadamente 45 años, gran parte de las piezas permaneció almacenada, con escasas exhibiciones en el valle del Hudson.
No obstante, existen versiones contradictorias sobre cómo llegaron las obras a manos de Ford.
Documentos relacionados con una exposición realizada en Bard College en 1992 sostienen que el policía había sido mencionado en el testamento de una mujer mayor a la que veía habitualmente durante sus rondas. Sin embargo, Angelina Giovani, especialista en investigación de procedencia artística, afirmó que nunca apareció ese testamento.
Otros testimonios apuntan a una historia diferente. William Jenack, antiguo propietario de una casa de subastas en Nueva York, aseguró que Ford encontró algunas piezas en un basurero. Nicholas Clemente, artista y diseñador gráfico que organizó una exposición de Yllanes en 1992, sostuvo que Ford le contó que había hallado un tubo metálico con obras enrolladas junto a la residencia de Columbia, además de cajas con grabados y documentos.
Según Clemente, el material había quedado bajo custodia del superintendente del edificio, quien se lo entregó a Ford después de perder la esperanza de que alguien regresara a reclamarlo.
La experta Giovani considera posible que el propio Yllanes hubiera dejado las obras a su esposa, Frontaura, quien residió intermitentemente en el inmueble hasta comienzos de la década de 1970 y luego regresó a Bolivia. No se ha podido establecer con certeza si ella dejó el material al superintendente ni cómo pasó finalmente a manos de Ford.
El policía, fallecido en 2021, habría expresado preocupación por la posibilidad de que alguien reclamara las piezas. Sin embargo, hasta ahora no ha surgido ninguna reclamación que permita resolver definitivamente las dudas sobre su procedencia.
El recorrido posterior de las obras también estuvo marcado por acuerdos privados, ventas y años de escasa visibilidad. Clemente explicó que colaboró con Ford para investigar y promover la producción de Yllanes a cambio de una parte de las ventas, aunque ambos terminaron distanciándose alrededor de 2003.
Posteriormente, el comerciante de arte y antigüedades Anthony Gross habría facilitado el contacto entre Ford y un intermediario relacionado con David Le Louarn. Este último adquirió las pinturas por entre 10.000 y 15.000 dólares cada una, según el reportaje.
Casi dos décadas después, Le Louarn decidió consignarlas a los galeristas londinenses para su venta, convencido de que había llegado el momento de que el artista recibiera el reconocimiento que merecía.
La posterior incorporación de sus obras a colecciones museísticas y el aumento de sus cotizaciones evidencian el cambio de percepción sobre su importancia histórica. Sin embargo, la recuperación de Yllanes no se limita al mercado: también plantea preguntas sobre los mecanismos mediante los cuales determinados artistas quedan fuera de los relatos dominantes de la historia del arte.



